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revista turística de salamanca / DIPUTACIÓN DE SALAMANCA  n.10

 
Bando de grullas al atardecerBando de grullas al atardecer
El azud en primavera alcanza su máxima capacidadEl azud en primavera alcanza su máxima capacidad
Milano negro durante el aseoMilano negro durante el aseo
Lavandera boyera: hembra con ceba para sus pollosLavandera boyera: hembra con ceba para sus pollos
CigŁeñuelas, mochuelos y aves limícolas frecuentan las orillas de esta reserva naturalCigŁeñuelas, mochuelos y aves limícolas frecuentan las orillas de esta reserva natural
CigŁeñuelas, mochuelos y aves limícolas frecuentan las orillas de esta reserva naturalCigŁeñuelas, mochuelos y aves limícolas frecuentan las orillas de esta reserva natural
Los inabarcables campos cerealistas del levante salmantino encierran una sorpresa para el visitante: el azud de Ríolobos. Ánades, fochas, patos cuchara y otras aves de secano y aguazal han encontrado refugio en este humedal, plasmando un lenguaje de la naturaleza lleno de vida y color.

Salir a las proximidades del nordeste salmantino no sólo es un recorrido intimista por las carreteras de nuestros “mares castellanos”; es también un periplo obligado para conocer la identidad mesetaria de la provincia. Pintores, escritores y naturalistas han buscado en estos escenarios la inspiración y el disfrute sencillo, emocionándose en un escenario para minorías con sensibilidad.

Mas todo viaje pretende el asombro

e incluso el desconcierto, y en este desafío ambos se dan cita en la mitad del vasto granero salmantino. Apenas una treintena de kilómetros nos separan desde la capital de una experiencia visual y acústica. El secano se difumina a medio camino entre Campo de Peñaranda y Villar de Gallimazo, y unos cientos de hectáreas de agua aparecen de improviso, acopiando sonoras aves de ambientes opuestos. El Azud de Riolobos, esa balsa de agua creada por el hombre, nos provoca, incitándonos a modificar la rutina turística. Puede que su nombre sólo nos recuerde una infraestructura orientada a la llegada de un regadío esperado, pero hay mucho más…

Para entender este ofrecimiento haremos una breve reseña. Mientras más de tres mil visitantes europeos se acercan a la Península Ibérica en pos del exclusivo turismo ornitológico, para el viandante ibérico el concepto se escapa de lo inteligible. Este nuevo modelo turístico busca en las aves el fin de la visita y del deleite. Son visitantes maduros con alto nivel económico y cultural, que comparten los placeres de la mesa y el alojamiento de calidad con los instantes en que sus ojos se posan sobre las ansiadas aves. Proponemos desde de estas páginas el reencontrarnos con nuestros paisajes agrícolas, para buscar en el sosiego salmantino una práctica diferente.

Una mañana cualquiera podremos acercarnos hasta la localidad de Villoria, y en seis kilómetros en dirección Cantalpino un desvío a la derecha con un cartel de indicación nos informará que llegamos al Azud de Riolobos. No debemos desaprovechar el trayecto de acercamiento y será conveniente detenernos a rebosar nuestros ojos de las tonalidades del agro. Resulta fácil encontrar al pié del camino un rincón donde se mezclen las tierras pardoanaranjadas con el verdor del herbazal. Son auténticos mosaicos que cambian según la estación del año en que nos encontremos.

Es así el secano

un paisaje en constante cambio y metamorfosis, que aunque nos pueda parecer estático, varía dinámicamente al paso del ciclo solar. En su interior se esconden perdices y codornices; incluso, si tenemos suerte, podremos localizar alguna avutarda. Sí es recomendable el acercarnos con unos prismáticos, ya que facilitarán el encuentro visual con las emplumadas. Y si no llevamos una guía de campo, los paneles de información que hay ubicados a lo largo del recorrido nos facilitarán su identificación.

Una vez que entremos en el desvío, la torre de la desvencijada Alquería de Riolobos nos saludará, y será fácil divisar en ella alguna grajilla de ceniciento plumaje. A partir de este momento rodearemos con nuestro vehículo el humedal en el sentido contrario a la agujas del reloj (será simple guiarnos con el plano que acompaña estas palabras). A lo largo del recorrido el agua estará a la izquierda y el cereal a la derecha, de modo que será conveniente que nuestra cabeza vaya bamboleándose de manera suave a uno y otro lado. Ya en el agua será el conocido ánade real o azulón el primero que llame nuestra atención. Los grandes bandos que se congregan suman cientos de ejemplares, habiendo llegado a observarse por parte de los miembros salmantinos de la Sociedad Española de Ornitología (S.E.O./Birdlife) más de cuatro mil azulones en el año 2005. Estas cifras nos dan una idea de la algarabía y sonoridad de sus encuentros. Para las personas que se acercan por primera vez la similitud entre las aves se va diluyendo a medida que juntamos paciencia y nos fijamos no ya en la forma del animal, sino también en sus comportamientos: la manera de nadar, los modos en la limpieza del plumaje o los movimientos para alcanzar el alimento. Así será rápido el discernir si estamos ante el azulón antes mencionado o su abundante compañero el pato cuchara. Este segundo se delatará por el blanco de su pecho a la vez que su pico está ensanchado de tal manera que le bautiza por su forma. Esta característica de su físico está relacionada con sus hábitos alimenticios, ya que es la filtración su manera de nutrirse, pendulando rítmicamente su pico sobre la superficie del agua, como si la estuviera sorbiendo o rastreando.

A poco que avancemos por la carretera nos acostumbraremos a escudriñar en el paisaje a la búsqueda de un nuevo encuentro. Debemos detenernos en las áreas indicadas para ello, donde tendremos una visión panorámica o estarán a nuestra disposición paneles con explicaciones sobre las aves a encontrar. Es importante que sigamos las recomendaciones de visita, la mayoría relacionadas con mantener una distancia adecuada con respecto a la avifauna. Si llegamos a acercarnos en demasía, emprenderán el vuelo y dejaremos de avistarlas con comodidad.

Continuando nuestro camino

pronto nos encontraremos con las fochas, ya que su pico níveo sobre un cuerpo completamente ennegrecido resalta en la distancia. Tiene un canto abocinado, como de coche antiguo, y aparecen también en grupos numerosos alegrando la banda sonora del espacio. Si las vemos despegar o descender al agua notaremos que son algo “patosas”, ya que en ambas operaciones gozan de poca gracia. Pero bajo el agua la cosa cambia y sus habilidades de buceadoras la demuestran en sus zambullidas en busca de alimento. Si circunvalamos el humedal en sus casi 17 Km. será posible que el destino nos reúna con estas y otras especies. Hasta 223 diferentes se han llegado a censar en los últimos 6 años, llegando a reunir en ocasiones más de 10.000 individuos. No es extraño, por tanto, que el conjunto esté declarado Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) bajo el nombre de Campos de Alba.

Y terminamos esta ruta en el lugar donde empezamos, junto a la alquería, no sin antes recordar algunos detalles para el disfrute. En primer lugar es necesario comentar que la fauna es espontánea, entra y sale del Azud con total libertad; de ahí que aunque hemos citado las aves que con mayor facilidad localizaremos, el azar de la naturaleza hará que haya más o menos avistamientos. Por otro lado, creemos que la visita puede ser enriquecida acercándonos al punto de información ambiental abierto al público en la localidad de Campo de Peñaranda, donde podremos informarnos de forma extensa. Sí podemos afirmar que esta salida a nuestro medio natural dará forma a un día distinto.

Más información:

www.azudriolobos.com

El Azud de Riolobos

Algarabía entre mares de cererales

POR RAÚL DE MATA MARTÍN, FUNDACIÓN TORMES-EB
FOTOGRAFÍA: FRANCISCO MARTÍN

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