N. 12 N. 12

revista turística de salamanca / DIPUTACIÓN DE SALAMANCA  n.12

 
Un joven llama la atención del toroUn joven llama la atención del toro
Celebración religiosa del Corpus Christi, que antecede al bullicio de las peñasCelebración religiosa del Corpus Christi, que antecede al bullicio de las peñas
Celebración religiosa del Corpus Christi, que antecede al bullicio de las peñasCelebración religiosa del Corpus Christi, que antecede al bullicio de las peñas
Jinetes. mozos y astados en plena carreraJinetes. mozos y astados en plena carrera
Lance en una corridaLance en una corrida
Los jinetes esperan, garrocha en descanso, al momento del inicio de los espantos. (Foto: Francisco Martín)Los jinetes esperan, garrocha en descanso, al momento del inicio de los espantos
(Foto: Francisco Martín)
Lame el río Tormes la falda del farallón sobre el que se alza Ledesma, seis leguas después de haber refl ejado la silueta de Salamanca y a ocho de entregarse al Duero en el paraje de Ambasaguas. Y la encastilla sobre sus riberas. Allá, encaramada, arropada por su muralla, se asoma desde el paseo y disfruta de una panorámica que atrae hasta la seducción y en la que destacan dos elementos que parecen acuarela en el agua: el puente y la ermita del Carmen. De origen romano ambos, el primero creció medieval y fue curado de las heridas que le infligió la francesada, y la segunda cristianizaría un anterior templo dedicado a alguna deidad de la mitología del imperio.

Erguida sobre los peñascales se nos presenta si llegamos desde Salamanca, que si el visitante procede de poniente verá cómo una masa de encinas verdea la estampa ledesmina. Villa amurallada y con Fortaleza, apilados mil avatares a lo largo de su historia, ha mantenido vestigios de su pasado más añoso, de su importancia en los itinerarios romanos; reliquias de sus mártires, san Nicolasito y sus bautistas, condenados por el padre de aquél, el regidor musulmán del lugar; o las que se veneran secularmente y que se atribuyen a “los gloriosos Josepho, Isacio y Iacobo, pastores de Belén, que merecieron ver y adorar los primeros a Cristo Dios y hombre recién nacido en el portal”, según reza el papelillo hallado en el arca que las contiene. Repoblada, aforada, villa que muestra otra parte de su nutrida historia en las señoriales y blasonadas casas que trazan lo que fue su ayer, guarda celosamente sus tradiciones.

Y, de entre ellas, con mimo especial las relacionadas con la festividad del Corpus Christi.

Como no podía de otra manera en una provincia en la que el toro bravo es totem, y ahí se le ve enseñoreándose en la dehesa y se le vio, incluso, con protagonismo en el colofón de los ceremoniales de los grados universitarios, lo taurino tiene capítulo principal en los Corpus ledesminos. Y, además, con festejos tan singulares como son la romería y los espantos.

Si la primera, por extraño que resulte, es ajena al reclamo de ermita alguna y ayuna de cualquier connotación religiosa, pues se trata de una, digamos, peregrinación hasta el conocido como Prao de la Villa para ver los toros que van a ser corridos en las fechas siguientes —hasta el último tercio del pasado siglo los mismos que iban a ser lidiados—, los segundos nacen del deseo popular de prolongar lo más posible la algarabía festera. Porque antaño, me cuenta Luciano Sánchez Hernández, con el apasionamiento de quien siente el ritual en los adentros y lo ha vivido en primera persona, celebrada la corrida, punto fi nal a la celebración. Por eso, si los toros no entraban en la plaza el día previsto para el festejo, precisa mi guía ledesmino, había que intentarlo al siguiente; si tampoco, al otro.

Ese es el fin del espanto

impedir a los animales llegar al coso. O, mejor, retrasar al máximo ese momento. Para ello, cada año por los Corpus se repite la batalla que, torada por medio, entablan caballistas y jóvenes —en ocasiones no tan jóvenes— a pie, protagonistas de papeles antagónicos. Aquéllos han de cumplir el de conducir a los astados, garrocha en ristre, hasta los chiqueros; éstos, ahuyentarlos en el trecho que recorren hasta los corrales. Pugna aderezada, junto a la diversión propia de las fechas que se viven, con ingredientes que tienen que ver con el valor, el arrojo, no poca osadía, resistencia a los sobresaltos que ponen el corazón en la mismísima garganta, la destreza en el manejo de dos animales con instintos opuestos.

Los espantos se celebran el domingo y el lunes que siguen al jueves de Corpus. En medio, el sábado de novillos, fecha en la que tiene lugar la romería, y el viernes, día en el que, ya de atardecida, se desenjaulan en el conocido como callejón de Corbate las reses que va a protagonizar los encierros. Antes de que se construyese la plaza de toros el ganado era mostrado en el Prao de la Villa desde donde se conducía, campo a través y luego por las calles ledesminas, hasta el ágora principal, convertida en improvisado y circunstancial lugar de lidia. Inaugurado el actual coso en 1915, se mantiene el referido prado como lugar de exposición para, en la jornada sabatina, proceder al traslado hasta aquel, espantos por medio, al toque de campana, como dice la canción, que tararea mi ya buen amigo Luciano:

“Morenita si vas a los toros,
tempranito te has de levantar,
pues ya sabes que por la mañana
al toque campana los van a encerrar”

Mediada la década de los ochenta, y por orden gubernativa, se acaba la función a campo abierto: ha de hacerse en zona acotada y vallada. No es impedimento para que la pugna anual se mantenga ni razón que acabe con el paseo hasta el verde fenal. Siguen los ledesminos, animados por las peñas, yendo hasta allí como romeros, cubriendo los dos kilómetros que lo distancian de la villa, para ver los toros que son llevados en la matinal del sábado y llamados a regresar a la plaza a estruendo de chupinazo cuando el sol está cayendo.

Llegado este punto me atrevería a aconsejar al visitante que, una vez allí, se acerque hasta el caño del Cerezo, fuente digna de visita; con inscripciones del siglo XVIII y testigo en tiempos del Martes de Aguas, pues Ledesma no se sacia en la octava del Lunes de Pascua y repite. Aprovechando la licencia, pido al viajero que, antes o después de los lances taurinos, se adentre en el entramado urbano de Ledesma, conjunto histórico desde 1975, y vea sus casonas, sus iglesias —espectacular la de Santa María; recoleta la románica de Santa Elena— la fortaleza, sus murallas, la Casa del Fuero que da sede al Ayuntamiento… Que exprima el tiempo de modo que le permita alargarse hasta el Puente Mocho o el de Peñaserracín, romanos ambos.

Otro puente que llama la atención es el situado junto a la plaza de toros. Pero este queda a la vista, pues los vaivenes de los espantos lo hacen inevitable. Tanto, que protagonizó coplillas que versaban sobre cómo se las ingeniarían los mozos para evitar que los toros lo cruzaran camino del coso, desafi ando incluso a la autoridad. Por cierto, que otra cancioncilla refl eja como, en cierta ocasión, tiempo ha, la superioridad quedó en evidencia cuando los de una pandilla con ganas de algarabía

“se bebieron el aguardiente,
les rompieron las botellas,
les sacaron los novillos
a eso de las tres y media”

Ahora son cuatro por día

como mínimo, las veces que los encabalgados han de llegar hasta los aledaños de los corrales. No menos, según se establece en los pliegos de condiciones que redacta el Ayuntamiento. Sí más, siempre y cuando los espantadores logren su objetivo de demorar lo más posible el enchiqueramiento de los astados. Y entre intento e intento, el punto gastronómico. Hay que echarse al coleto unos huevos con limón, plato simbiótico con la fi esta y que quienes rigen la afamada y centenaria taberna La Fernandica aliñan para tan señalada celebración. Y así, con las pulsaciones a mil por las emociones que los espantos provocan y el estómago animado, no olvides, amigo, lo que te he dicho. Que Ledesma, vigía del Tormes, seduce.

Ledesma

de la romería a los espantos

POR JOSÉ L. YUSTE
FOTOGRAFÍA: alberto prieto

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