N. 12 N. 12

revista turística de salamanca / DIPUTACIÓN DE SALAMANCA  n.12

 
Retablo mayor de la iglesia de Palencia de NegrillaRetablo mayor de la iglesia de Palencia de Negrilla
Iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz en Palencia de NegrillaIglesia de la Exaltación de la Santa Cruz en Palencia de Negrilla
“La Flagelación”, tabla del retablo mayor del templo palentino“La Flagelación”, tabla del retablo mayor del templo palentino
Iglesia parroquial de AldearrubiaIglesia parroquial de Aldearrubia
“La Gloria”, detalle del retablo mayor y pintura mural de la bóveda del presbiterio en la iglesia de Villares de la Reina“La Gloria”, detalle del retablo mayor y pintura mural de la bóveda del presbiterio en la iglesia de Villares de la Reina
Imagen de San Silvestre en la fachada principal de la iglesia, Villares de la Reina Imagen de San Silvestre en la fachada principal de la iglesia, Villares de la Reina
No son necesarios altozanos, ni oteros, ni atalayas privilegiadas, para extender la vista por la extensa planicie de la comarca armuñesa. La tierra llana bien surcada de caminos, alfombra verde cuando la primavera regala sus favores, tapiz dorado cuando el sol del estío castiga, se abre hacia el norte cual abanico que apoya su vértice en la ciudad de Salamanca.

La Armuña, la Alta y la Baja, tiene, en cada uno de sus pueblos y lugares, una iglesia y, en cada iglesia, se esconde su pequeña catedral cuya torre campanil se divisa en la distancia. Desde Aldeanueva de Figueroa hasta Villaverde de Guareña, una treintena de posibles citas nos aguardan para sorprendernos con la ambiciosa fábrica de sus arquitecturas, con sus monumentales retablos, con su delicada imaginería o con las delicadas pinturas que visten sus muros.

A escasos seis kilómetros de la capital salmantina, la iglesia parroquial de VILLARES DE LA REINA aún destaca por encima de los nuevos edificios de vivienda. Sus muros, marcados por las estaciones del Vía Crucis, inician y finalizan un recorrido que termina en la portada protobarroca —en el año 1619— presidida por San Silvestre, santo titular y patrono del lugar.

El sorprendente interior, diseñado sobre planta de cruz latina, acoge al visitante con el hermoso escenario frontal compuesto por los retablos que cubren el altar mayor y los brazos del crucero. El primero de ellos es obra de Juan Fernández, de 1676-77, mientras las esculturas salen del hacer de Bernardo Pérez de Robles “el Indiano”. Con perfecta adaptación al marco, queda articulado en un solo cuerpo de tres calles, diferenciadas por pares de columnas salomónicas y un ático en el que luce un bello Calvario fl anqueado por los santos arcángeles Miguel y Gabriel. Sobre él, en la bóveda de medio cañón que parece protegerle, se contempla la Gloria que pintara Domingo Nieto en1680, ordenadamente distribuida en círculos —querubines, ángeles músicos, santos— alrededor de la Santísima Trinidad acompañada de la Virgen Mediadora.

Mas la vista no debe detenerse, pues en los brazos del crucero y en los muros de la nave, otros seis destacables retablos llaman la atención, no sólo por la fábrica de los mismos, sino también por la larga serie de magníficas tallas que cobijan; entre los primeros, el retablo del Cristo de la Cofradía del siglo XVIII con sobresalientes y anteriores relieves, obra de Fernando Gallego en 1623, alusivos a la Pasión; entre las segundas, aunque difícil resulte destacar, la imagen del Cristo de la Largueza del siglo XIV debe marcar la despedida.

La misma carretera que nos trajo, nos acercará a PALENCIA DE NEGRILLA, antigua capital de la comarca, cuyo templo de la Santa Cruz encierra una de las más preciadas joyas del patrimonio artístico salmantino, como lo corrobora su declaración como Bien de Interés Cultural en el año 1969. Mientras la pequeña portada románica abierta en el muro norte nos habla del lejano origen, la opuesta y principal, con la labor ornamental que recuerda la de la catedral de la capital, nos lleva a los primeros años del siglo XVI.

De nuevo, tres retablos, el mayor y otros dos situados a ambos lados del arco triunfal, captan prontamente la atención, no sin antes detenerse ante el magnífico Cristo de la Piedad de gran devoción en la zona, datado en el siglo XIII

Bajo la notable techumbre mudéjar luce el hermoso retablo principal que fuera contratado en el año 1558 con Juan de Montejo, quien, a su vez, lo traspasó a Antonio González, cuando ya llevaba realizadas catorce piezas, entre grandes y pequeñas, las cuales ya habían sido empezadas a pintar por (Alonso) Morales, como él mismo certifi ca. Dentro de las labores de restauración llevada a cabo en los años 1768 y 1769, se le añadirá decoración propia del periodo rococó, aletones en el ático, tabernáculo de cristales y guardapolvos en los laterales. Sobre un zócalo de piedra arenisca con trabajos en relieve, el retablo, dedicado a la Exaltación de la Santa Cruz, contiene 16 tablas pintadas con escenas del Evangelio y de la Invención de la Cruz, más otras 12 de menor tamaño con figuras de santos y Padres de la Iglesia, 11 esculturas de bulto redondo doradas y estofadas, un Calvario en el ático y dos altorrelieves —el Descendimiento y la entrada en Jerusalén del emperador Heraclio con la Cruz— en la calle central más los que adornan el banco. Tiempo debe haber todavía para contemplar, tras hacerlo con las restauradas imágenes del grupo de Santa Ana, la Virgen y el Niño y de San Pedro, los dos retablos laterales adaptados a los rincones del primer tramo de la nave. De igual factura y tomando como modelo el retablo mayor, están dedicados a la Virgen del Rosario y a Santa Catalina, habiendo sido realizados por Martín de Espinosa y Alonso de la Carrera con tablas pintadas por el salmantino Martín de Cervera en 1598, entre las que se ven ciertas ausencias.

Cerca, muy cerca, se halla VILLAVERDE DE GUAREÑA, donde se alza la fábrica de su templo parroquial con marcado origen en el siglo xVI. Declarado Bien de Interés Cultural en 1993, su bella portada, con recuerdos del gran Rodrigo Gil de Hontañón, abre el acceso a la única nave que, libre de obstáculos, permite la limpia visión de su cabecera rectangular; en ella se alza un magnífico retablo de la segunda mitad del siglo xVIII, en el que sus seis altas columnas lo estructuran en seis calles por las que se reparten imágenes y pinturas procedentes de otro anterior, ensamblado por González Ramiro en las primeras décadas del xVI. Mas, antes de continuar viaje, conviene detenerse ante la bella imagen gótica del Cristo de Sordos, “a quien más adora y reza” el fiel del lugar, según un decir local.

Estas tres “catedrales”, como les gusta decir a los parroquianos, constituyen el mejor umbral de entrada en una comarca de caminos fáciles de llevar y cuyo lejano horizonte se interrumpe con los templos en cuyo entorno se agrupan los distintos caseríos. Orgullosos unos, más humildes otros, algún tesoro esconden todos ellos, comenzando con los de Aldearrubia, Castellanos de Moriscos, Forfoleda y Torresmenudas, distinguidos en su día, también, con la máxima distinción de protección otorgada por la Junta de Castilla y León para sus bienes patrimoniales, y acabando con cualquier otro con en el que nos podamos encontrar.

Catedrales de La Armuña

POR franciso morales
FOTOGRAFÍA:SANTIAGO SANTOS

Enviar a un amigo Enviar un comentario Imprimir Texto más grande Texto más pequeño
         
Mapa