revista turística de salamanca / DIPUTACIÓN DE SALAMANCA n.12
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Tramoneras hacia el cieloLa escasez de terreno idóneo hace que el caserío se comprima, que las casas tengan exigua planta y se proyecten hacia arriba...
La floración blanco rosada de los cerezos ilumina las terrazas
La paleta de colores en la primavera anuncia la Pasión de la 
La meticulosa recogida de las cerezas asegura una calidad 
PRUNUS AVIUM; así fue como el botánico sueco Carlos Linneo designó en el siglo xVIII al cerezo. Antes y después de este bautismo dichos frutales ya se derramaban desde las lomas de las serranías salmantinos. Contemplando uno de estos cerezales encajado en la pendiente es fácil identificar manos humanas tras el bosquete. Pero si es un goteo de cerezos dispersos entre robles o castaños lo que llama nuestra atención, entonces estamos viendo el resultado de la adicción a la fructosa de mirlos, arrendajos o urracas. Así es el paisaje que forma: o un minifundio provocado y ordenado en los llanos de los bancales, o sencillas individualidades inextricables con el bosque caducifolio. Mas para llegar a interpretar y degustar este paisaje en su magnitud debemos partir de la unidad arbolada que lo forma.
El paseante reconoce con agilidad este árbol cuando se ornamenta con sus frutos sonrojados, pero en ausencia de ellos las dudas surgen. Confirmar en el fuste la corteza lisa y rojiza será una manera de evitar los titubeos. Las hojas, con forma castiza y aserrada, verdean a la vez que asoman las flores. Éstas van del blanco al rosado, siendo las madres de esos preciados frutillos que granan la copa. El rojo será el color omnipresente pues sus ramas, ascendentes y desnudas en el invierno, adquieren esta tonalidad aportando matices a la sobriedad estacional. Las yemas, que esperan a los días vernales, espesan en los brotes del año sus tonos también bermejos. Y la hoja, cuando caduca, enroja su limbo antes de desleírse entre amarillos y pardos. Esta es la paleta que tiñe la selvicultura en terrazas, donde rojos y verdes de distinta intensidad se mezclarán con cromatismos más cálidos según el mes.
El viajero que recorra los cerezos en flor tendrá labor compleja si quiere contar los píxeles blancorosados que le embotan la vista. Y es que a finales de marzo e inicios de abril una floración anticipada genera una fotografía donde los turistas sensibles pueden reflejarse. Para captar este escenario en su intensidad se hace imprescindible pasear por el laberinto de caminos que rodean a Sotoserrano. Las sendas que dan acceso a los cultivos unen y lindan las fincas facilitando al visitante la vía para embutirse en la floresta. Cuidarse de no molestar en las arboledas con dueño será la única limitación que tengamos en la ruta. No hace falta seguir un camino preestablecido, sólo caminar reposadamente posando la vista en cada rama.
Esta beldad se esparce varias hectáreas a la redonda siendo a la vez una fuente de ingresos fundamental en la localidad. Pero no seremos testigos de un paisaje estático e insonoro. Miles de polinizadores pondrán vivacidad al lugar, junto a las aves que les vayan al acecho. Es probable que las golondrinas ya enreden en el aire y ofrezcan sus vuelos y cantos a nuestro disfrute. Si las seguimos en sus evoluciones aéreas nos llevarán a los caudales de agua, donde encuentran el barro necesario para sus hogares de alfarería.
El agua proporciona en este término uno de los enclaves más excepcionales de la provincia. Siguiendo la ruta que nos lleva hasta la villa bejarana llegaremos al puente que atraviesa el río Alagón, para convertirnos en espectadores de dos desembocaduras fluviales. El río Francia es el primero que tributa aguas arriba del pontón; en poco más de quince minutos a pié nos cruzaremos con él y acompañándolo unos cientos de metros estaremos en la confluencia. Sin embargo, si decidimos seguir aguas abajo será el Cuerpo de Hombre quien se deslice sutilmente hasta ser uno con el Alagón. Llegados a tan reducido estuario, las palabras sobran…
Hay que ser conscientes de que estos frutales se extienden por más de 700 hectáreas en el sur salmantino, y que son numerosas las poblaciones que los acogen. Una de ellas es Herguijuela conocida por su impresionante haya. No en vano es el ejemplar de esta especie más meridional de la Península, pero sobre todo es una gran catedral viva. Subiendo hasta ella, por encima del pueblo, nos ubicaremos en una buena atalaya para observar los cerezos a vuelo de pájaro. En la pista de ascenso, junto al entubando de granito que dirigía el agua en uno de los molinos, podremos hacer un receso. Aquí el bosque se convierte en protagonista: en derredor, todo es biodiversidad por estallar.
Pero recorramos unos kilómetros para llegar a Madroñal. Ya a mediados del siglo XIX el geógrafo Pascual Madoz citaba en este pueblo las reconocidas guindas garrafales. Estas hermanas de las cerezas se siguen macerando en aguardiente para dar cuenta de ellas mojando la palabra. Unos cerros más y estamos en Cepeda. En su plaza queda un negrillo demediado por los años, coetáneo del llamado álamo de Herguijuela. De nuevo el mosaico de tierras, cerezas y viñas se repite, siendo estas laboreadas teselas las que nos custodien hasta Garcibuey. El ascenso es un revoloteo entre curvas que convierte a la sierra en un maqueta viva. Hasta aquí se elevan los buitres aprovechando las bolsas de aire caliente, uniendo su buitrera con la vecina de Sotoserrano.
Son numerosas las localidades que podríamos recorrer y Santibáñez o Lagunilla son algunas de ellas. La mejor opción para establecer nuestra propia senda es introducirse en las carreteras comarcales, esas que unen los pequeños pueblos. La sobriedad de las calzadas ralentizará nuestro tránsito y ello aumentará la intensidad del disfrute. Perderse no es un error en la ruta, es una opción; abandonar el GPS y dejar que el día progrese al azar es un deleite en esta programada vida que llevamos.
Esta floración da su preciado fruto convirtiéndose en los años notables en 800.000 kilos de cereza. Alrededor de 400 agricultores y varias cooperativas de la Sierra de Francia convierten el paisaje en economía sostenible. Las cerezas son diversas y para degustarlas en fresco las primeras se recogen en mayo, son las llamadas tempranas o burlat. A media temporada se apañan las “corazón serrano” para terminar en junio con las picotas.
Pero a todas las variedades la aúna su jugosidad y ese crujido característico al morderlas que los entendidos llaman crocante. Dulces y de acidez equilibrada fuerzan su rojez hasta llegar a los granates, acercando sus colores a los vinos de la zona. Para que estos paisajes sigan existiendo y sus conservadores puedan vivir de ello hay que consumir y promocionar las cerezas de la Sierra. Con un gesto tan sencillo como comprar fruta autóctona, todos, propios y visitantes contribuiremos a la que la primavera se inaugure año tras año en la Sierra de Francia.