revista turística de salamanca / DIPUTACIÓN DE SALAMANCA n.15
El nordeste salmantino acoge trigos y cebadas, garbanzos y lentejas, paisajes con sensibilidad donde parar el tiempo.
Las Águedas en Miranda del CastañarUna celebración exclusivamente femenina, en la que el hombre se convierte en paciente sufridor de las burlas femeninas.
El castro de Las Merchanas, los habitantes silenciososHubo un tiempo nada lejano en el que el castro de Las Merchanas estaba escondido y atreverse a conocerlo era una aventura y un riesgo.
La Matanza Típica de GuijueloCada año, con las nieves aún blanqueando las cumbres de la cercana Sierra de Béjar, en Guijuelo reverdece el viejo ritual de la matanza.
La Alberca, escenario de ritos y sentimientosPrimer pueblo declarado Conjunto Histórico artístico en 1940, sus calles y plazas son el marco donde se recrean singulares ritos y tradiciones.
Aves del Tormes, viajeras de ida y vueltaLa provincia salmantina encierra excelentes oportunidades para el turismo ornitológico, en este caso, con un recorrido por las riberas del río Tormes y sus emplumadas.
Antonio Sánchez Zamarreño
Patio del palacio de los Águila
Torre de la Catedral
Puerta del Sol
Perfil del castillo sobre el río Águeda
La plaza de Herrasti, ese prodigio triangularEsta patria mía es triangular. Se conoce en el callejero como "Plaza de Herrasti" y la delinean dos prodigios de piedra y uno de piedra y sombra. Me refiero, claro, a la muralla -una muralla desgarrada en ese punto por la munición francesa ahora hace dos siglos exactos-, a la catedral y al seminario de San Cayetano. Le asigno a éste la condición de piedra y sombra no en un sentido peyorativo, sino en un sentido existencial. Fue mi casa durante ese tiempo que talla al ser humano y lo pone en la encrucijada de sus destinos. Por eso, porque uno sólo se encuentra en lo abisal, lo rememoro ahora como ámbito de búsqueda, como nudo de sombras que me condujeron al atrio del que soy.
He aquí, pues, mi rincón. A él me he retirado siempre, aunque estuviera viendo y pisando Roma o Bogotá o Washington. Aquel milagro de piedra, transfigurada por aquellos crepúsculos igual de milagrosos, ha custodiado, durante cada minuto de mi vida, toda mi verdad. Como si, simbólicamente, esa muralla me impidiera disiparme y extraviarme por laberintos estériles y, junto a ella, la catedral me marcara con su aguja el camino de un Antonio en plenitud.
Que todo Ciudad Rodrigo es ética y estética. La historia ha preferido rotular con mayúsculas esa primera vertiente alusiva a cualidades morales de una población que, a través de los siglos, ha sabido conducirse ejemplarmente: la muy antigua, la muy noble, la muy leal. Son las tres columnas donde se apoya el orgullo de una ciudad que, en efecto, ha escrito páginas imperecederas de coraje y de fidelidad a sus principios.
Pero, si los antiguos preferían esta vertiente ética, la sensibilidad de nuestro tiempo, sin menoscabo de la misma, levantaría otra columna que sobreabundara, con toda justicia, en el título de "la muy bella". Porque así es: Ciudad Rodrigo es una de las ciudades más hermosas del mundo. Hecha de piedra y de aire, en ella cabe una síntesis de lo mejor que ha logrado artísticamente la mano del hombre. Por eso, podemos ver en la tracería de este ámbito un microcosmos irreprochable: ahí está representado lo más intenso de la inquietud creadora casi desde que el ser humano tuvo conciencia de sí mismo. Entre el viajero por cualquiera de las puertas disponibles en la muralla. Tiene bien dónde elegir: de la Puerta del Sol a la Puerta de Santiago; de la Puerta del Conde a la Puerta de Amayuelas. Todas tienen como una aureola mágica de entrada al misterio. Parecieran heridas por donde se accede a una ciudad carnal, palpitante y caliente. Por eso, el forastero nunca se considera aquí un extraño: inmediatamente se hace sustancia de este cuerpo, entraña en otra entraña que lo mece con su ritmo, lo incorpora a su vida, lo hace música propia. Nadie se pierde en una ciudad que es todo el mundo, pero hecho a la medida del pie, del ojo, del abrazo de cualquier hombre.
Y, una vez dentro, comprobará el lector lo que le digo: la historia de la humanidad y la historia del arte caben en un redondel que tiene poco más de 2000 metros de perímetro. Aquí, las creaciones de una mano poderosa que dominó la piedra para hacerla defensa de su cuerpo y de su alma en tiempos severísimos: ese mismo contorno amurallado, ese castillo de don Enrique II de Trastámara, esa catedral de Santa María son sólo tres indicios de un pasado vigilante, cuyos inquilinos -fueran menestrales o reyes o clérigos- tenían que protegerse contra tantas asechanzas del más acá o del más allá. Muy cerca, otra mano -enguantada de aristocracia- señaló espacios donde irían alzándose bellísimas residencias para vivir y para morir con dignidad y con sosiego. Admire el recién llegado la maravilla de monumentos como el Palacio de los Montarco, la Casa de los Vázquez, el Palacio de los Águila, la Casa de la Marquesa de Cartago, el Palacio de Cerralbo, la Casa de los Silva, entre tantos y tantos palacetes que deslumbran los ojos de quien merodea por estas calles.
Y las iglesias: a veces, como en el caso de la capilla de Cerralbo, de formidable robustez herreriana; otras veces, como en el caso de la iglesia de san Isidoro y de San Pedro, del más puro románico; pero todas con ese contenido resplandor que mide milimétricamente -siempre es así en esta ciudad- cada uno de sus destellos para que nada parezca excesivo ni desafine en la austeridad del conjunto.
Por último, viajero, remánsate en dos plazas. Esa Mayor (con su grácil y gótico y lírico Ayuntamiento, orientado a poniente), donde ha cuajado la levadura de Castilla: plaza que, como todas, busca el sol invernizo, la conversación con el otro, la última noticia que ha conturbado -quizá no haga todavía diez minutos- a la vecindad. Y esa otra de Béjar -con geometrías delicadísimas- a la que sube la huerta toda del río para exhibir sus trinos y sus frutos, el preciso nombrar de los labriegos y la juventud de una tierra que se ha vaciado, dulcemente, en las banastas.
Ciudad Rodrigo de piedra y de aire y de tiempo. Me parece mentira que haya tantos pies que pasen de largo o con demasiada presura por una ciudad que está hecha para atrapar ángeles. Una ciudad incandescente que arde en el pasado con llamarada bien actual. Porque estas calles, estos palacios, estas plazas suenan a pecho vivo: habitantes que reclaman el mañana sin renunciar al ayer. Que custodian la historia desde el dinamismo de un presente que les pertenece como a todos, acaso más que a todos, porque quien ha sabido administrar lo viejo será digno administrador también de lo nuevo. Acércate, pues, viajero, a esta antigua, noble, leal, hermosa, tolerante y magnética "ciudad mujer", como la ha llamado, con fortuna, uno de sus hijos: el poeta Santiago Corchete Gonzalo. Tienes a tu disposición siete puertas para entrar. Para salir, ay, no encontrarás después ninguna.