Otoño de 1504. En sus aposentos del Palacio Real de Medina del Campo, mientras la mañana fría y triste de Castilla se cuela por la ventana, Isabel la Católica despierta agitada tras una turbadora pesadilla. Un viaje onírico de selvas exuberantes y voces en lenguas extrañas ha querido llevarla al más allá del océano, donde las Indias se le han ido apareciendo dentro de un laberinto de espejos con todas sus luces y sus sombras. El descubrimiento del Nuevo Mundo no solo había supuesto más tierras para el tesoro y gobierno de la Corona, sino también un grave conflicto de intereses y un problema de responsabilidad moral para con sus nuevos súbditos. Lo que en principio la reina quiso celebrar como un proyecto de integración de territorios, pacificación de pueblos y evangelización, acabaría convirtiéndose en un sueño de oro, fortuna y esclavos para los muchos españoles tiranos y codiciosos que allí llegaban.